En España hay más de 260.000 bares —uno por cada 175 habitantes. No es un dato gastronómico: es un dato de salud pública.
El bar como tercer lugar
El sociólogo Ray Oldenburg llamó «terceros lugares» a esos espacios que no son ni casa ni trabajo, donde se construye vida pública informal. España los lleva en el ADN. El bar de barrio es la cocina ampliada, la oficina extendida, la sala de espera del médico y el confesionario laico, todo a la vez.
La barra: un altar horizontal
A diferencia de las mesas, la barra obliga a la conversación cruzada. El que pide al lado se vuelve, por un momento, parte de tu corro. El camarero —figura casi sacerdotal— recuerda tu pedido y tu nombre. Este reconocimiento diario es, según el psiquiatra Luis Rojas Marcos, «una dosis homeopática de autoestima».
Café, vermut, caña
Cada hora del día tiene su bebida, y cada bebida su tipo de conversación: el café de la mañana es funcional, el vermut del mediodía es celebratorio, la caña de la tarde es confesional. La estructura horaria del bar español es, en realidad, una partitura emocional colectiva.
«Cuando cierra el último bar de un pueblo, el pueblo deja de existir, aunque sigan las casas en pie».